Argentinos/as !!!

La Historia y la Literatura tienen mucho que decir sobre nuestra Identidad. Mi visión no es el único perfil, pero lleva como finalidad la integración del colectivo que consolide la Provincia 25. De manera que funciona como puerta abierta a la memoria y al conocimiento de aquello que, bien o mal, nos pertenece y nos representa. Hecho con afecto para todos los compatriotas...



Mostrando entradas con la etiqueta Siglo V. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Siglo V. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de febrero de 2012

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XXIII)




Los perros ladraban. Lo que parecía una bella armonía, no lo era. Sentía deseos de embriagar el corazón de vino, de adormecerse por un fugaz instante, de involucrarse íntimamente con su familia, sin las presiones de los acontecimientos y las circunstancias terribles que involucraban a algunos. ¿Y si se rindiera a la ley de los otros? Si fuera así, pensó, existiría un pobre hombre incapaz de educar a un niño, de amar a una mujer, de abrazar la vida con dignidad.
Quizás los hombres se estaban extinguiendo; quizás no quedaban razones para la lucha. Tal vez, nuestra naturaleza era así de ordinaria y había que aceptarla, del mismo modo en que las demás especies aceptaban pasivamente la propia.
Dos días después llegaron las noticias ingratas. El emperador, juntamente con las autoridades religiosas del episcopado y el clero, ordenaba la entrega de todo texto apócrifo y prohibido; además se ofrecían treinta monedas de oro a todo aquel que diera información precisa sobre el paradero de sectarios, falsos profetas, magos, monjes y malhechores que predicaran lo que no es ley.

Fue entonces cuando el éter comenzó a deformarse, parecía una masa tremebunda que se estiraba envolviéndolo todo. El mar danzaba con olas negras y la tierra temblaba sobre el abismo esférico de la muerte. Ni los pájaros cantaban. El universo parecía sufrir una repentina contracción, un espasmo vital que sacudía el orbe sagrado. Si dios moraba allí arriba, él también padecía el temblor bajo sus pies blancos.
El día siguiente incendió el alba donde el horizonte tallaba su frontera. Paso a paso el anunciado Apocalipsis bíblico cumplía inexorablemente su presagio fatal. Ahora se comprendía la palabra de Cristo: “Mi reino no es el de este mundo”. Había que pensar en otro lugar dotado de seres dignos de un paraíso auténtico. La tierra lo había sido cuando la naturaleza viva, aún, no había engendrado la nueva raza.
El plan de Dios era el hombre perfecto.

Al mediodía las llamas avanzaban consumiendo la hierba. Una pequeña aldea se incineraba al otro lado de las montañas. El humo parecía una estela de nube inhalando el aire de la llanura. Al fondo del camino, un potro salvaje levantaba polvareda. Reconoció el caballo que se aproximaba a la casa en el fulgor de los cascos que brillaban. Venía como si el infierno apareciera en los bordes del sendero que dejaba.....
Nazareno conservó la compostura, la necesaria para preparar la última fuga.
Guardó una muda de ropa en la alforja grande y los textos sagrados en la pequeña. Cargó una cantimplora de agua para el camino y habló, por última vez, mientras acariciaba las mejillas del corcel con su mano diestra:

“Otra vez el destino fuerza la huida que no quiero. Ustedes son todo lo que tengo. Los amo. Pero no sería un hombre cabal si renunciara a mi lucha. Vosotros sois mi energía en cualquier lugar donde respire. Que dios me de vida para volver a veros. Sé muy bien que vienen por mí y sería un daño irreparable para todos si me quedara. Vuestra hermana es cruel, pero no tanto. Sólo buscan mi cabeza. Cuídense los tres, sean fuertes y no abandonen nunca esa fe poderosa que llevan en sus pechos, que es la fe verdadera pues no hay otra. Amen, así como son capaces de amar, aunque el enemigo ponga la daga en vuestro cuello”.

"El Monje Negro del Apocalipsis", cap. XXIII: "La Cruz Rota" (Novela Histórica registrada e inédita)

miércoles, 1 de febrero de 2012

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XIX)


Arsinoe era Magdala, la que había muerto el mismo día de la partida. Ahora, estaba más allá del contacto terrenal con los mortales; ella era la Diosa-Maga, la que todos adoraban, el Mesías hecho mujer-deidad para cumplir con la promesa de la leyenda y el mito.
Al despertar de su aletargado sueño vio como le arrojaban flores del campo y como las muchachas corrían detrás de ella para pedir por la juventud eterna, los niños por un sueño de cristal que perdurara intacto, los ancianos por una muerte digna en su propia tierra. Todos anhelaban lo que no tenían, lo que parecía imposible, aquellas cosas que estaban lejos de los hombres. Fue, entonces, cuando Nazareno se acercó al viejo amor que brillaba sobre los hombros aceitados de seis hermosos efesios. Cuando, finalmente, estuvo frente a los ojos inconfundibles de la que había amado, hizo un gesto de cortesía. Pronunció unas palabras que, sin saberlo, serían las primeras y las últimas que pronunciaría ante la maga: “Dime, Magdala, retornáras a la tierra húmeda para que pueda amarte o te quedarás en el cielo para subyugar a los mortales”. La diosa lo miró con la misma compasión de lástima con que los hombres poderosos miraban a sus siervos. Sus labios, que parecían un higo abierto al mediodía, produjo el breve temblor de las palabras que matan: “Si descendiera para amarte acabarías con mi placer. El amor de los hombres siempre es un desenlace cruel; el poder, en cambio, te crea esta perversa ilusión de estar por encima de todos”.

Eso fue todo. El monje permaneció con la mirada obnubilada, sin voluntad, sin lograr comprender lo que estaba viviendo.  Nuevamente su pensamiento se había trasladado a otro mundo, a otra realidad ajena. Pensó que el hombre es un niño perpetuo.  Pensó  que  el  hombre verdadero  resistía  para descubrir algo superior; se negaba a aceptar una percepción falsa de la realidad. La vida no podía ser una mera quimera donde el mago creara un poder hecho de ilusión.  Su  magia exploraba las necesidades de la gente, las explotaba, las multiplicaba. El mago gobernaba a los idiotas  levantando una falsa muralla contra un enemigo que no era peor que el que estaba dentro.
En su viaje cósmico, el monje, perfilaba un futuro de extraordinarias mentiras para que el hombre lo creyera y se regocijara de una historia propia que no era tal. Se inventaban verdaderos mitos  para despertar la necesidad de agasajarlos, de sublimarlos, de rendirles pleitesía. Había necesidad de ver que había razas superiores, que había hombres superlativos y que sólo ellos eran los elegidos por la voluntad divina. Hasta los dioses o el único dios lo aprobaban. Era parte de la representación de la gran obra universal. A nadie le faltaba un rol para cumplir. Si el campesino era campesino, lo era porque debía serlo. Dios, el justo, había repartido cada papel con el bastón dorado de su diestra. La justicia etérea no se discutía ni se cuestionaba, se aceptaba incondicionalmente para tener un lugar en el cielo. Solamente los transgresores y los rebeldes arriesgaban un alma perpetua en el infierno.
Así, con un pensamiento construido a  la medida de los mortales, fue naciendo una nueva autoridad que las masas reclamaron como propias. La ignorancia estaba edificada sobre la misma naturaleza de la especie y educarla podía derribar las columnas que sostenían tan bella construcción; debían comportarse como seres incapaces de crear un pensamiento propio.

"El Monje Negro del Apocalipsis", Cap.XIX, "La Diosa-Maga"

domingo, 17 de julio de 2011

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XV) (2º parte)

Por todas partes brotaban caudillos de la tierra, bandidos sociales, delincuentes comunes y pandilleros de a caballo. Algunos promovían levantamientos para la libertad de los pueblos sometidos, otros aprovechaban la confusión para el bandidaje y, las excepciones, más hábiles que inteligentes, apelaron a los movimientos de masa para acceder al poder de las aldeas y las ciudades. A veces, estos mismos eran portadores de la voz de los campesinos y hablaban en su nombre defendiendo los intereses comunes, pero muy pronto, el Estado los subordinaba con muy poco. A los más reacios al chantaje se los compraba con algo más de esfuerzo y un poder feudal que se fue haciendo con los despojos del Imperio.
El Estado, por su parte, reestablecía el orden recurriendo al derecho, un formato legal hecho por los que estaban anclados en el poder mismo.  El Código Teodosiano es el mejor ejemplo del modo en como un emperador buscó imponer el concepto de justicia, adecuando todo el sistema jurídico preexistente en torno a una nueva realidad.
Todo aquello que perturbara las buenas relaciones con el individuo estaba sujeto a ser reprimido por la fuerza y su violencia se justificaba en nombre de la mayoría y  en beneficio de algunos.
Una fuente antiquísima narra que en cierta aldea del Mar Negro dos o tres revoltosos, un poco inquietos, habían asaltado al cobrador de impuestos. Cuando el romano hizo la denuncia ante  las autoridades de Oriente, el poder encontró la razón para justificar sus actos de arbitrariedad más depravados y crueles. Con la farsa de que aquellos hombres y mujeres escondían en sus casas a los malhechores, el pueblo fue sitiado bajo amenazas durante todo el día. Cuando llegó la noche lanzaron los lobos y los mastines hambrientos para descarnarlos. Al alba, el fuego lo arrasó todo. Los bandidos en cuestión nunca habían existido. Mucho tiempo después se  descubrió que el cobrador de impuestos había enterrado los beneficios públicos en lugar secreto, donde fue encontrada una enorme tinaja cargada de monedas de oro y plata. Pero el funcionario para entonces ya había muerto. Y la aldea sospechada de producir trigo para los bárbaros del norte había dejado de existir en un lugar donde ya nada crecía.
Cambiaban los hombres pero no las formas. Se hablaba en nombre de todos, pero se actuaba en favor de los que poseían el verdadero poder,  un viejo recurso político y social que se justificaba con leyes inventadas por los beneficiarios directos del conflicto....
Solía darse paradojas incuestionables: Un bandido accedía al estatus de caudillo de pueblo, para traicionar, finalmente, su origen aldeano; otros, más afortunados utilizaban al Estado para contribuir a las masas y arrastrar pueblos enteros detrás de sí con el firme propósito de expresar un poder multitudinario. Uno traicionaba desde lo individual hacia lo colectivo, otro, hacía lo mismo, aunque desde lo colectivo hacia lo individual....
La nueva idiosincrasia adoptaba formas cada vez más profundas y preconcebidas para reinventar la historia. Aún, después de la crucifixión,  quedaban dudas históricas: ¿Cristo había sido crucificado por profeta, malhechor o revolucionario? ¿Por qué fue crucificado junto a delincuentes? ¿Por qué liberaron a Barrabás, el asesino?
Cristo fue ejecutado porque sus palabras se habían convertido en un peligro para toda Judea. En adelante, este primer ejemplo, sería tomado en cuenta para la quema de los libros y la hoguera de los hombres.
No pretendamos justificar los hechos con aquello de que Pilatos se lavó las manos o Herodes y el Sanedrín eran judíos; Cristo era de la misma raza y no pretendió fundar ninguna nueva religión. Eso sí, fue un provocador y sabía lo que hacía. La palabra, a gran escala, bastaba para desestabilizar. Se descubría, así, que el poder de las armas podía no ser suficiente frente a un verdadero Mesías y la fe ciega de las masas que sucumbían a la prédica. Si,  por mero castigo,  se  ejecutaba  a  todo  un pueblo,  ya  no  habría   tributarios,   ni  mano  de  obra,  ni  vasallos.  La  clemencia, por  lo  tanto,   también   fue   parte   de   la   farsa....
 Consta en fuentes romanas incuestionables que “Cristo había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato; la execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo por Judea, origen del mal, sino también por Roma, lugar en el que de todas partes confluyen y donde se celebran toda clase de atrocidades y vergüenzas”.
En definitiva, el poder siempre había actuado conforme al derecho, pero de una legislación hecha para satisfacer a muy pocos. Cualquiera que se revelara en contra del Estado era vilipendiado y sometido a una campaña de injurias de toda índole. Finalmente, el pueblo se auto convencía por constancia propagandística, la que sólo estaba al alcance de aquellos que disponían de los medios y recursos para imponer el engaño.
Por la misma razón, el salvaje actuaba como un salvaje y su violencia producía terror; pero era su única arma. En cambio, el poder que podía especular con el tiempo y utilizaba los recursos que provenían de sus propios robos y asaltos descarados en todas las regiones del Imperio, siempre vencía. Ese era el punto: Cristo debía ser sacrificado porque perturbaba la tranquilidad del sistema. Todos habían contribuido a su muerte pues a nadie convenía su  existencia sobre el terruño donde se vivía, todos se lavaron las manos y todos fueron culpables; hasta los apóstoles varones lo habían negado. Sólo las mujeres fueron valientes para acompañarlo hasta el último suspiro....

El Monje Negro del Apocalipsis, Capítulo XV: "El Cuerno de Oro" (Novela Histórica Registrada)