Argentinos/as !!!

La Historia y la Literatura tienen mucho que decir sobre nuestra Identidad. Mi visión no es el único perfil, pero lleva como finalidad la integración del colectivo que consolide la Provincia 25. De manera que funciona como puerta abierta a la memoria y al conocimiento de aquello que, bien o mal, nos pertenece y nos representa. Hecho con afecto para todos los compatriotas...



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jueves, 2 de febrero de 2012

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XXIII)




Los perros ladraban. Lo que parecía una bella armonía, no lo era. Sentía deseos de embriagar el corazón de vino, de adormecerse por un fugaz instante, de involucrarse íntimamente con su familia, sin las presiones de los acontecimientos y las circunstancias terribles que involucraban a algunos. ¿Y si se rindiera a la ley de los otros? Si fuera así, pensó, existiría un pobre hombre incapaz de educar a un niño, de amar a una mujer, de abrazar la vida con dignidad.
Quizás los hombres se estaban extinguiendo; quizás no quedaban razones para la lucha. Tal vez, nuestra naturaleza era así de ordinaria y había que aceptarla, del mismo modo en que las demás especies aceptaban pasivamente la propia.
Dos días después llegaron las noticias ingratas. El emperador, juntamente con las autoridades religiosas del episcopado y el clero, ordenaba la entrega de todo texto apócrifo y prohibido; además se ofrecían treinta monedas de oro a todo aquel que diera información precisa sobre el paradero de sectarios, falsos profetas, magos, monjes y malhechores que predicaran lo que no es ley.

Fue entonces cuando el éter comenzó a deformarse, parecía una masa tremebunda que se estiraba envolviéndolo todo. El mar danzaba con olas negras y la tierra temblaba sobre el abismo esférico de la muerte. Ni los pájaros cantaban. El universo parecía sufrir una repentina contracción, un espasmo vital que sacudía el orbe sagrado. Si dios moraba allí arriba, él también padecía el temblor bajo sus pies blancos.
El día siguiente incendió el alba donde el horizonte tallaba su frontera. Paso a paso el anunciado Apocalipsis bíblico cumplía inexorablemente su presagio fatal. Ahora se comprendía la palabra de Cristo: “Mi reino no es el de este mundo”. Había que pensar en otro lugar dotado de seres dignos de un paraíso auténtico. La tierra lo había sido cuando la naturaleza viva, aún, no había engendrado la nueva raza.
El plan de Dios era el hombre perfecto.

Al mediodía las llamas avanzaban consumiendo la hierba. Una pequeña aldea se incineraba al otro lado de las montañas. El humo parecía una estela de nube inhalando el aire de la llanura. Al fondo del camino, un potro salvaje levantaba polvareda. Reconoció el caballo que se aproximaba a la casa en el fulgor de los cascos que brillaban. Venía como si el infierno apareciera en los bordes del sendero que dejaba.....
Nazareno conservó la compostura, la necesaria para preparar la última fuga.
Guardó una muda de ropa en la alforja grande y los textos sagrados en la pequeña. Cargó una cantimplora de agua para el camino y habló, por última vez, mientras acariciaba las mejillas del corcel con su mano diestra:

“Otra vez el destino fuerza la huida que no quiero. Ustedes son todo lo que tengo. Los amo. Pero no sería un hombre cabal si renunciara a mi lucha. Vosotros sois mi energía en cualquier lugar donde respire. Que dios me de vida para volver a veros. Sé muy bien que vienen por mí y sería un daño irreparable para todos si me quedara. Vuestra hermana es cruel, pero no tanto. Sólo buscan mi cabeza. Cuídense los tres, sean fuertes y no abandonen nunca esa fe poderosa que llevan en sus pechos, que es la fe verdadera pues no hay otra. Amen, así como son capaces de amar, aunque el enemigo ponga la daga en vuestro cuello”.

"El Monje Negro del Apocalipsis", cap. XXIII: "La Cruz Rota" (Novela Histórica registrada e inédita)

miércoles, 1 de febrero de 2012

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XIX)


Arsinoe era Magdala, la que había muerto el mismo día de la partida. Ahora, estaba más allá del contacto terrenal con los mortales; ella era la Diosa-Maga, la que todos adoraban, el Mesías hecho mujer-deidad para cumplir con la promesa de la leyenda y el mito.
Al despertar de su aletargado sueño vio como le arrojaban flores del campo y como las muchachas corrían detrás de ella para pedir por la juventud eterna, los niños por un sueño de cristal que perdurara intacto, los ancianos por una muerte digna en su propia tierra. Todos anhelaban lo que no tenían, lo que parecía imposible, aquellas cosas que estaban lejos de los hombres. Fue, entonces, cuando Nazareno se acercó al viejo amor que brillaba sobre los hombros aceitados de seis hermosos efesios. Cuando, finalmente, estuvo frente a los ojos inconfundibles de la que había amado, hizo un gesto de cortesía. Pronunció unas palabras que, sin saberlo, serían las primeras y las últimas que pronunciaría ante la maga: “Dime, Magdala, retornáras a la tierra húmeda para que pueda amarte o te quedarás en el cielo para subyugar a los mortales”. La diosa lo miró con la misma compasión de lástima con que los hombres poderosos miraban a sus siervos. Sus labios, que parecían un higo abierto al mediodía, produjo el breve temblor de las palabras que matan: “Si descendiera para amarte acabarías con mi placer. El amor de los hombres siempre es un desenlace cruel; el poder, en cambio, te crea esta perversa ilusión de estar por encima de todos”.

Eso fue todo. El monje permaneció con la mirada obnubilada, sin voluntad, sin lograr comprender lo que estaba viviendo.  Nuevamente su pensamiento se había trasladado a otro mundo, a otra realidad ajena. Pensó que el hombre es un niño perpetuo.  Pensó  que  el  hombre verdadero  resistía  para descubrir algo superior; se negaba a aceptar una percepción falsa de la realidad. La vida no podía ser una mera quimera donde el mago creara un poder hecho de ilusión.  Su  magia exploraba las necesidades de la gente, las explotaba, las multiplicaba. El mago gobernaba a los idiotas  levantando una falsa muralla contra un enemigo que no era peor que el que estaba dentro.
En su viaje cósmico, el monje, perfilaba un futuro de extraordinarias mentiras para que el hombre lo creyera y se regocijara de una historia propia que no era tal. Se inventaban verdaderos mitos  para despertar la necesidad de agasajarlos, de sublimarlos, de rendirles pleitesía. Había necesidad de ver que había razas superiores, que había hombres superlativos y que sólo ellos eran los elegidos por la voluntad divina. Hasta los dioses o el único dios lo aprobaban. Era parte de la representación de la gran obra universal. A nadie le faltaba un rol para cumplir. Si el campesino era campesino, lo era porque debía serlo. Dios, el justo, había repartido cada papel con el bastón dorado de su diestra. La justicia etérea no se discutía ni se cuestionaba, se aceptaba incondicionalmente para tener un lugar en el cielo. Solamente los transgresores y los rebeldes arriesgaban un alma perpetua en el infierno.
Así, con un pensamiento construido a  la medida de los mortales, fue naciendo una nueva autoridad que las masas reclamaron como propias. La ignorancia estaba edificada sobre la misma naturaleza de la especie y educarla podía derribar las columnas que sostenían tan bella construcción; debían comportarse como seres incapaces de crear un pensamiento propio.

"El Monje Negro del Apocalipsis", Cap.XIX, "La Diosa-Maga"

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XVII)


"...¿Qué quería decir “historia deformada por la construcción histórica”? ¿Qué es lo que necesitaban “las masas futuras”? ¿Por qué “Cristo había previsto el  desenlace de la cruz”?
    Un torbellino de interrogantes, como un tornado que todo lo arrasa,  quedaba abierto y procuraba la búsqueda secreta de las respuestas precisas.
    Pero, aún más, preservaba un interrogante fatal que podía alterar el curso del camino elegido y los acontecimientos por venir: ¿Y si, efectivamente, Cristo hubiera sido un falso profeta? ¿Y si aquél Mesías fuera un mago que obnubiló las mentes de todos aquellos que necesitaban creer en alguien? ¿Y si los fariseos judíos tuvieran razón?
    Pensó por un instante en que los grandes hombres de la Historia aparecen cuando sólo existen pequeños hombres.
    Pensó que la vida de cada cultura y religión se somete de modo cíclico a profundas revisiones de su propia existencia.
    Pensó, también, algo muy simple y sencillo: Este nuevo Dios existe, y del mismo modo en que desaparecieron los que estaban, puede, tarde o temprano, aparecer otro nuevo que expulse a éste que existe y que hoy se siente tan seguro de sí mismo sobre el trono del éter.
    Retornaron los crudos e inquietantes interrogantes: ¿Acaso necesito de otros para creer en la existencia divina? Si soy creyente: ¿Por qué debo recurrir a intermediarios?, acaso ¿no basta con mi fe? ¿Debo aceptar que unos hombres me vendan lo que ya existe en mi alma? ¿Si tengo fe, para qué quiero otra?
    Los discursos del emperador  y los del Papa siempre decían cosas que la gente llana le gustaba escuchar. Sólo el poder irracional utilizaba la fuerza como método. En un caso engañaban las mentes, en el otro, ejecutaban a los hombres. Dos formas diferentes de dominar a las masas. Dos caminos distintos para idéntico fin.
    Comprendió que todo estaba hecho para que los hombres vivieran subordinados a sus propias necesidades y fueran incapaces de resolver sus propios conflictos. Había que ordenar al rebaño para que no se saliera del aprisco señalado con alambres de púa. Y las ovejas descarriadas por naturaleza, pronto, verían en los elegidos, la voluntad divina encarnada en los hombres hechos para gobernar y dirigir a los fieles, sin ojos, sin oídos, sin bocas más que para adorarlos.
    Cuando el  hombre no quiere ver es inútil que se lo instruya, pero cuando abre los ojos descubre que la realidad es más profunda, intuye que hay algo que está por debajo de la superficie, algo raro que debe descubrir.
    Así, brotó el interrogante más elemental de todos: ¿Y si acaso, todo debía ser como era porque la raza humana era una raza de idiotas?....."

El Monje Negro del Apocalipsis, cap. XVII "El Predicador"

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XV) (1º parte)

 
El Estado, por su parte, reestablecía el orden recurriendo al derecho, un formato legal hecho por los que estaban anclados en el poder mismo. El Código Teodosiano es el mejor ejemplo del modo en como un emperador buscó imponer el concepto de justicia, adecuando todo el sistema jurídico preexistente en torno a una nueva realidad.
Todo aquello que perturbara las buenas relaciones con el individuo estaba sujeto a ser reprimido por la fuerza y su violencia se justificaba en nombre de la mayoría y  en beneficio de muy pocos.
Una fuente antiquísima narra que en cierta aldea del Mar Negro dos o tres revoltosos, un poco inquietos, habían asaltado al cobrador de impuestos. Cuando el romano hizo la denuncia ante  las autoridades de Oriente, el poder encontró la razón para justificar sus actos de arbitrariedad más depravados y crueles. Con la farsa de que aquellos hombres y mujeres escondían en sus casas a los malhechores, el pueblo fue sitiado bajo amenazas durante todo el día. Cuando llegó la noche lanzaron los lobos y los mastines hambrientos para descarnarlos. Al alba, el fuego lo arrasó todo. Los bandidos en cuestión nunca habían existido. Mucho tiempo después se  descubrió que el cobrador de impuestos había enterrado los beneficios públicos en lugar secreto, donde fue encontrada una enorme tinaja cargada de monedas de oro y plata. Pero el funcionario para entonces ya había muerto. Y la aldea sospechada de producir trigo para los bárbaros del norte había dejado de existir en un lugar donde ya nada crecía.
Cambiaban los hombres pero no las formas. Se hablaba en nombre de todos, pero se actuaba en favor de los que poseían el verdadero poder,  un viejo recurso político y social que se justificaba con leyes inventadas por los beneficiarios directos del conflicto.
En el pasado reciente del Imperio, vulgares campesinos fueron transformados en caudillos o generales que luchaban por las reivindicaciones de su propia gente. Solía darse paradojas incuestionables: Un bandido accedía al estatus de caudillo de pueblo, para traicionar, finalmente, su origen aldeano; otros, más afortunados utilizaban al Estado para contribuir a las masas y arrastrar pueblos enteros detrás de sí con el firme propósito de expresar un poder multitudinario. Uno traicionaba desde lo individual hacia lo colectivo, otro, hacía lo mismo, aunque desde lo colectivo hacia lo individual. En conclusión, las masas siempre creían más en un Estado represor que en un salvador ocasional.
Un padre de la iglesia, el más notable, escribía en relación al tema: “Eliminad la justicia,  ¿y qué son los Estados sino meras bandas  de malhechores a gran escala? ¿Y qué son las bandas de malhechores sino reinos en miniatura?”. Agustín de Hipona en “La Ciudad de Dios” define la ciudad celeste y la terrenal como “las dos ciudades que se encuentran mezcladas y confundidas”, pues percibía la existencia del bien y del mal en el mismo plano de las realidades concretas. ¿Cómo separarlos? Pues demostrando que podía existir una existencia superior. ¿Pero, dónde? Estaba claro que el mundo terrenal era caótico y había necesidad de creer en  alguien o en alguna Institución mágica que salvara a las ovejas extraviadas y perdidas en la espantosa oscuridad de la noche. La Iglesia vendría a iluminar el camino y sus líderes se convertirían, así, en los mensajeros de la palabra de Dios.
Cambiaron la ornamentación para hacer exactamente lo mismo que hacían con los dioses paganos.....

"El Monje Negro del Apocalipsis", cap. XV "El Cuerno de Oro"

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Dónde murió la Virgen María...???

        
 V – Las Mujeres de Efeso

"Efeso tuvo fama de mujer. Tierra dominada por cazadoras furtivas y salvajes: La reina fundadora de pecho libre y Artemisa, la diosa fértil de la tierra y el agua. Una amazona con espada y la dulce Diana romana. Las deidades para el credo y el mito disputadas por los dioses y los hombres que amaban. 
La ciudad de la Madre del Hombre, después de Cristo; la de las pescadoras del mar y las vendedoras del mercado persa. De todas partes fluían con sus túnicas y los vestidos de Lidia. Damas de cristales y collares, enamoradas de los versos de Safo, el canto de las jóvenes del coro y el perfume de Sardes acicateados en fulgurantes cuerpos.
La piel se templaba con aromas y aceites y temblaba en el deseo.
En el décimo día de las celebraciones del peplo y el vino, la adivina predijo dos lunas. Tal vez, la fertilidad excitaba los músculos para la cópula, quizás, el mundo se dividía en dos mitades para la duda.
Nadie sabe con certeza que sucedió después del siguiente día, pero lo que os relato fue la auténtica verdad..." 

XXII –  El Concilio de Efeso

"Esmirna, pues así se llamaba al principio, era el camino obligado de Oriente para celebrar, en el templo que estaba en la colina, las promesas cumplidas. Era el sendero de las grandes procesiones que, como las antiguas  Panateneas  griegas,  arrastraban  a  una  muchedumbre  de hombres  y mujeres que nunca se habían visto. Las muchachas se adornaban de largas túnicas y coronas de flores en las sienes, cubrían la piel con cremas y aceites para parecer más blancas y fulgurantes,  perfumaban  el  cuerpo   con las esencias que venían de la India hasta que Sardes produjo sus propios aromas que cautivó a los hombres del mundo.
Si ello no era suficiente para los que llegaban, Efeso se enriquecía con su extraordinaria biblioteca para los que indagaban en el conocimiento y buscaban  afanosamente una verdad que se revelara, con escrituras en copto, arameo, latín  y  griego.
El monje la visitaba con frecuencia; nunca había olvidado su búsqueda primera. Debía escudriñar, investigar los escritos. Necesitaba reunir pruebas para su prédica. Pronto vendrían nuevos descubrimientos prohibidos. Pronto llegaría el Concilio de Efeso y el de las nuevas persecuciones.
Corría el año 431, después de nuestro señor Jesús Cristo... 
Convocados por el Papa Celestino I y promovidos por Cirilo de Alejandría para combatir el nestorianismo se habían congregado, en Efeso, las  principales  autoridades  eclesiásticas  del  cristianismo  del  siglo V.  En el fondo, la pretensión original de la corte, era hostigar cualquier forma de  desviación  dogmática  contraria  a  los  cánones oficiales de  la  Iglesia. Para ello se reunían, acompañados de toda la pomposidad propagandística, los grandes señores de la cristiandad, únicos elegidos para interpretar de modo  cabal  el  significado  verdadero  del  antiguo testamento,  la palabra de Cristo,  los  apóstoles  y  los  nuevos  cultores de  la santa prédica. Todo aquello que estuviera en contra de su particular interpretación de los escritos sagrados estaría destinado a la hoguera del tiempo. Y, aún, peor, pronto comenzaría una nueva persecución ideológica contra las ovejas descarriadas que no hallaban el rumbo. Los caminos ya estaban trazados para los que nacían. Del otro lado de las fronteras sólo podía reinar la barbarie. O eras un hijo del señor o eras un ateo perseguido y profano.
       Más allá del ocaso esperaba la tremebunda muerte del infierno. Sólo aquí había posibilidad de salvación eterna. Y la Iglesia condujo a sus fieles con una verdad práctica, sencilla e indemostrable.        
      Para el mito y la leyenda nadie reclamó una prueba; para la verdadera historia ni mil demostraciones bastaban..." 

 Carlos Cabrera "El Monje Negro del Apocalipsis" (Novela Histórica)

Los últimos años de la Virgen María

Por Sergio Rubin

Los últimos años de la vida de la Virgen María son, en buena medida, un enigma. La última referencia a la Madre del Señor en los evangelios aparece en los Hechos de los Apóstoles, cuando se la menciona, después de la ascensión de Jesús, acompañando a los apóstoles y demás discípulos, que perseveraban en oración. Con todo, con el paso de los siglos se fue instalando una polémica entre quienes decían que vivió hasta su muerte y asunción al Cielo en Jerusalén, y aquellos que sostenían que todo ello se desarrolló en Efeso, hoy Turquía. La cuestión cobró inusitada actualidad hacia fines del siglo XIX cuando una expedición dijo hallar las ruinas de la casa de María en las cercanías de la localidad turca. El debate no se saldó, pero el lugar se convirtió en un centro de peregrinación, no solo para los cristianos, sino para los musulmanes, que también veneran a la madre de Jesús en base a que el Corán considera a su hijo como un profeta.
Más de un siglo después del presunto hallazgo parece crecer en el mundo un movimiento que reivindica la autenticidad de la casa de María en Efeso...
Más allá del debate historiográfico -seguramente inacabable-  una argentina, la baronesa Rosario de Mandat-Grancey, cita el hecho de que en los primeros siglos se haya construido en Efeso una basílica en honor a la Virgen. "Antiguamente, si se construía una basílica era porque la persona en honor a la cual se la erigía había muerto allí", señala. Menciona, además, lo significativo que fue que el Concilio de 431 se haya celebrado en Efeso. También, toda una tradición oral en el lugar durante siglos, que incluyó una procesión los 15 de agosto. Que el Papa León XIII, después de un concienzudo estudio, se haya inclinado por ese sitio. Que el Papa Juan XXIII, que fue Nuncio en Turquía, haya tenido especial predilección por ese sitio. Y, en fin, que hayan ido Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI (aunque sin pronunciarse sobre la cuestión de fondo).
Los estudios confirmaron que los cimientos efectivamente eran del siglo I d.C. Y, de a poco, se fue conociendo el presunto hallazgo y el lugar comenzó a ser visitado por muchos fieles. Se trata del único santuario compartido por católicos y musulmanes. En una habitación de la casa celebran la misa los primeros y en la otra rezan los segundos.

Fuente:

domingo, 17 de julio de 2011

"El Monje Negro del Apocalipsis" (Capítulo XV) (2º parte)

Por todas partes brotaban caudillos de la tierra, bandidos sociales, delincuentes comunes y pandilleros de a caballo. Algunos promovían levantamientos para la libertad de los pueblos sometidos, otros aprovechaban la confusión para el bandidaje y, las excepciones, más hábiles que inteligentes, apelaron a los movimientos de masa para acceder al poder de las aldeas y las ciudades. A veces, estos mismos eran portadores de la voz de los campesinos y hablaban en su nombre defendiendo los intereses comunes, pero muy pronto, el Estado los subordinaba con muy poco. A los más reacios al chantaje se los compraba con algo más de esfuerzo y un poder feudal que se fue haciendo con los despojos del Imperio.
El Estado, por su parte, reestablecía el orden recurriendo al derecho, un formato legal hecho por los que estaban anclados en el poder mismo.  El Código Teodosiano es el mejor ejemplo del modo en como un emperador buscó imponer el concepto de justicia, adecuando todo el sistema jurídico preexistente en torno a una nueva realidad.
Todo aquello que perturbara las buenas relaciones con el individuo estaba sujeto a ser reprimido por la fuerza y su violencia se justificaba en nombre de la mayoría y  en beneficio de algunos.
Una fuente antiquísima narra que en cierta aldea del Mar Negro dos o tres revoltosos, un poco inquietos, habían asaltado al cobrador de impuestos. Cuando el romano hizo la denuncia ante  las autoridades de Oriente, el poder encontró la razón para justificar sus actos de arbitrariedad más depravados y crueles. Con la farsa de que aquellos hombres y mujeres escondían en sus casas a los malhechores, el pueblo fue sitiado bajo amenazas durante todo el día. Cuando llegó la noche lanzaron los lobos y los mastines hambrientos para descarnarlos. Al alba, el fuego lo arrasó todo. Los bandidos en cuestión nunca habían existido. Mucho tiempo después se  descubrió que el cobrador de impuestos había enterrado los beneficios públicos en lugar secreto, donde fue encontrada una enorme tinaja cargada de monedas de oro y plata. Pero el funcionario para entonces ya había muerto. Y la aldea sospechada de producir trigo para los bárbaros del norte había dejado de existir en un lugar donde ya nada crecía.
Cambiaban los hombres pero no las formas. Se hablaba en nombre de todos, pero se actuaba en favor de los que poseían el verdadero poder,  un viejo recurso político y social que se justificaba con leyes inventadas por los beneficiarios directos del conflicto....
Solía darse paradojas incuestionables: Un bandido accedía al estatus de caudillo de pueblo, para traicionar, finalmente, su origen aldeano; otros, más afortunados utilizaban al Estado para contribuir a las masas y arrastrar pueblos enteros detrás de sí con el firme propósito de expresar un poder multitudinario. Uno traicionaba desde lo individual hacia lo colectivo, otro, hacía lo mismo, aunque desde lo colectivo hacia lo individual....
La nueva idiosincrasia adoptaba formas cada vez más profundas y preconcebidas para reinventar la historia. Aún, después de la crucifixión,  quedaban dudas históricas: ¿Cristo había sido crucificado por profeta, malhechor o revolucionario? ¿Por qué fue crucificado junto a delincuentes? ¿Por qué liberaron a Barrabás, el asesino?
Cristo fue ejecutado porque sus palabras se habían convertido en un peligro para toda Judea. En adelante, este primer ejemplo, sería tomado en cuenta para la quema de los libros y la hoguera de los hombres.
No pretendamos justificar los hechos con aquello de que Pilatos se lavó las manos o Herodes y el Sanedrín eran judíos; Cristo era de la misma raza y no pretendió fundar ninguna nueva religión. Eso sí, fue un provocador y sabía lo que hacía. La palabra, a gran escala, bastaba para desestabilizar. Se descubría, así, que el poder de las armas podía no ser suficiente frente a un verdadero Mesías y la fe ciega de las masas que sucumbían a la prédica. Si,  por mero castigo,  se  ejecutaba  a  todo  un pueblo,  ya  no  habría   tributarios,   ni  mano  de  obra,  ni  vasallos.  La  clemencia, por  lo  tanto,   también   fue   parte   de   la   farsa....
 Consta en fuentes romanas incuestionables que “Cristo había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato; la execrable superstición, momentáneamente reprimida, irrumpía de nuevo no sólo por Judea, origen del mal, sino también por Roma, lugar en el que de todas partes confluyen y donde se celebran toda clase de atrocidades y vergüenzas”.
En definitiva, el poder siempre había actuado conforme al derecho, pero de una legislación hecha para satisfacer a muy pocos. Cualquiera que se revelara en contra del Estado era vilipendiado y sometido a una campaña de injurias de toda índole. Finalmente, el pueblo se auto convencía por constancia propagandística, la que sólo estaba al alcance de aquellos que disponían de los medios y recursos para imponer el engaño.
Por la misma razón, el salvaje actuaba como un salvaje y su violencia producía terror; pero era su única arma. En cambio, el poder que podía especular con el tiempo y utilizaba los recursos que provenían de sus propios robos y asaltos descarados en todas las regiones del Imperio, siempre vencía. Ese era el punto: Cristo debía ser sacrificado porque perturbaba la tranquilidad del sistema. Todos habían contribuido a su muerte pues a nadie convenía su  existencia sobre el terruño donde se vivía, todos se lavaron las manos y todos fueron culpables; hasta los apóstoles varones lo habían negado. Sólo las mujeres fueron valientes para acompañarlo hasta el último suspiro....

El Monje Negro del Apocalipsis, Capítulo XV: "El Cuerno de Oro" (Novela Histórica Registrada)
     

sábado, 25 de diciembre de 2010

Literatura vs. Historia (I)


                   El Monje Negro del Apocalipsis (Prólogo I)

Usted bien lo sabe, estimado lector: Comprenderéis que nos queda poco margen para el error. El orbe se inunda de agua apocalíptica. La nave donde ya nadie cabe ha agotado los pasajes del último viaje. El tiempo breve ya no se hace de siglos. Toda la historia se concentra en el mero instante. La tierra teme y tiembla. Hay necesidad de representar papeles que no están hechos para los actores. Usted mismo es un engañador falaz, un personaje cómodo que, como uno, se sienta en un sillón amable para ser transportado a un horizonte desconocido.
Ocurre que lo que usted busca, en realidad, ya lo vive. Toda novela histórica es una versión transformada del presente. Esta misma es una metáfora de lo que somos.
Así, inmolados sobre el pensamiento descabellado de la existencia, dos hombres intentaban desplegar las inútiles alas de la imaginación. Sobre una hoja de fuego anotaban nombres de diosas, de reinas-madres, de guerreras. Buscaban en libros historias de género para discernir. Leían algún pasaje de Gigalmesh o recitaban pasajes de Safo. Discutían sobre el origen de la misoginia, trababan lucha oponiendo las ideas, desmenuzaban argumentos y los reconstruían, dejando palpitar la ignorancia de los otros. No siempre eran tan profundos, en ocasiones, terminaban discutiendo sobre algún aspecto primordial del universo como la del átomo de una gota de lluvia y su vida breve.
A menudo descendían a tierra y se involucraban con el mundo.
Compartían un té de fresas con aire parisino más allá de la catedral, para ver que acontecía en este otro lado de la vida. De nuevo en la biblioteca se involucraban con un tiempo muy anterior al que existían. Una vez desaparecieron sin dejar rastros. Arqueólogos de las profundidades los descubrieron mimetizados en una imagen virtual; parecían íberos de piedra: Indagaban sobre los 581 signos del bronce de Botorrita y el origen del euskera. El sistema pronto los devolvió a la realidad de la que habían fugado.
El túnel del tiempo en el que vivían los había convertido en personajes extraños y curiosos, en viajeros perturbados por los excesos del músculo mental. Se les dio de baja durante tres meses para que disfrutaran de los días de la manera más llana posible. Al regresar a sus investigaciones, ambos habían cambiado sus nombres por sugerencias de psicólogos y psiquiatras, con el saludable fin de comenzar una vida mejor, acomodada a los requisitos de la buena gente enmascarada bajo la apariencia de personas admirables. Sin embargo, no comprendieron el mensaje y continuaron con sus disparates y locuras. El historiador se hizo llamar Heródoto y, el literato, Aristófanes, a secas, pues le parecía un nombre de ingenua amabilidad...